El jamón ibérico, todos sabemos, es un producto gourmet,  valorado como de alta cocina y lujo gastronómico. Un producto de la gastronomía española apreciado y respetado en el mundo entero.

Por lo tanto, que podríamos decir nosotros del jamón ibérico?

Consideramos que cuando no sabemos qué decir, mejor dejárselo decir a quienes saben decir.

Cervantes, que en su libro El casamiento engañoso lo recomienda así: Unas lonchas de jamón de Rute (Córdoba) para curarse de una convalecencia.

Lope de Vega, en su Epístola al Contador Gaspar de Barrionuevo dice de los jamones de Huelva: “Jamón presunto de español marrano. De la sierra famosa de Aracena, adonde huyó del mundo Arias Montano”.

Camilo José Cela asegura en su terminante elogio al jamón, “Es un bocado propio de bienaventurados”, que se puede gozar a través del olfato, pero también mediante la vista y la degustación.

Dice de él Nicolás Guillen a Rafael Alberti en el exilio: Este chancho en jamón, casi ternera, anca descomunal, a verte vino y a darte su romántico tocino gloria de frigorífico y salmuera.

También, cómo no, Vázquez Montalbán, un amante de la cocina dedico unas palabras a este manjar: Perseguido durante siglos por dietistas inquisidores, el jamón ha sido rehabilitado como la sardina, y no complica el colesterol si se come con entusiasmo pero con cordura, y engorda el alma más que el colesterol o el ácido úrico, en tiempos en que tan anoréxica está el alma, sería de extrema crueldad prohibirle el jamón, venga de donde venga.

En la Dominga nos limitamos a elegir el mejor, servirlo con cariño, tomate rallado y pan de cristal.